Si cierras los ojos y piensas en el CEO de un grupo de empresas o de una agencia inmobiliaria, es muy probable que la imagen que te venga a la cabeza sea la de un hombre con un traje hecho a medida, corbata impecable y zapatos de suela dura. Durante mucho tiempo, esa fue la armadura estándar de los negocios. Parecía que, si no ibas vestido así, tus ideas valían menos.

Yo tomé una decisión diferente. Hace tiempo que mi «uniforme» ejecutivo cambió radicalmente. Si nos cruzamos hoy en una reunión de negocios, en una firma o supervisando un proyecto, me verás con un polo oscuro, unos vaqueros oscuros y unas zapatillas de marca.

Y no, no es por rebeldía ni por falta de respeto a la formalidad del mundo empresarial. Es una decisión estratégica y una declaración de intenciones sobre cómo entiendo el liderazgo y los negocios en la actualidad.

1. La autoridad la dan los resultados, no la corbata

Vivimos en una era donde la transparencia y la agilidad lo son todo. He comprobado que los clientes, los inversores y mi propio equipo no buscan a alguien que parezca salido de una serie de Wall Street; buscan a alguien que resuelva sus problemas.

Cuando me siento a negociar el cierre de una operación importante o a diseñar la estrategia de expansión de mis negocios, lo que genera confianza es mi dominio del mercado, los sistemas que respaldan nuestra operativa y la claridad de mis números. Un traje no camufla una mala gestión, y unas zapatillas no restan valor a un modelo de negocio rentable.

2. Agilidad para un entorno dinámico

El día a día de un empresario que gestiona inversiones, dirige equipos comerciales, supervisa infraestructuras tecnológicas y analiza datos no es estático. Un martes cualquiera puedo estar revisando métricas de captación, ajustando flujos de trabajo de inteligencia artificial, reuniéndome con la dirección de mis equipos y visitando un activo inmobiliario.

Necesito ropa que me permita moverme a la velocidad de mis empresas. El polo y las zapatillas me dan esa libertad física que se traduce también en agilidad mental. El confort no es un lujo, es una herramienta de productividad.

3. Cercanía humana: Rompiendo la barrera de cristal

El traje, históricamente, se ha utilizado para marcar distancia y jerarquía. Como líder, mi objetivo es exactamente el opuesto. Quiero estar cerca de mis socios, de mis agentes y, sobre todo, de mis clientes.

Cuando te presentas de forma pulcra pero informal, la barrera psicológica se rompe. Las conversaciones son más honestas, las negociaciones fluyen de manera más natural y las personas se sienten más cómodas compartiendo sus verdaderas necesidades. La verdadera elegancia hoy en día es hacer que quien está frente a ti se sienta cómodo y escuchado.

4. Menos fatiga de decisión, más foco en lo importante

Adoptar este estilo «casual ejecutivo» simplifica mis mañanas. Al reducir el tiempo y la energía que gasto decidiendo qué ponerme, reservo mi ancho de banda mental para lo que realmente importa: detectar oportunidades, mejorar los sistemas de automatización, analizar el mercado y tomar decisiones que hagan crecer el negocio.

El nuevo estándar del liderazgo

El mundo ha cambiado. La tecnología, la inteligencia artificial y los nuevos modelos de negocio han transformado cómo trabajamos, y también deben transformar cómo nos presentamos.

Dirigir en zapatillas es mi forma de decir que estoy con los pies en la tierra, listo para la acción y enfocado 100% en el rendimiento y en las personas. He cambiado la rigidez del traje por la flexibilidad y la cercanía que exigen los negocios del siglo XXI.

¿Y tú? ¿Sigues atado al código de vestimenta tradicional o crees que el hábito ya no hace al monje en los negocios?


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